El
lunes 9 de septiembre salimos de Australia. Levantarnos sabiendo que era el
último día que lo haríamos ahí no fue fácil. No parábamos de revisar todo,
mientras nuestros compis ideaban en secreto un desayuno para los cuatro. En
realidad ya habíamos desayunado, pero ese último café me supo a gloria. Nos
dolió mucho despedirnos de ellos, hemos pasado en esa casa tres meses
maravillosos y se había convertido en nuestro hogar.
Como
teníamos poco, de camino al aeropuerto recibimos muchas llamadas y mensajes de
despedida, nuestros amigos ya se habían despedido, pero lo hicieron una y otra
vez. Total, que no podía parar de llorar. Esto me ha hecho reflexionar sobre la
amistad. Relaciones que se establecieron y afianzaron en Melbourne en 5 meses,
aquí he tardado en lograrlas años. Con esto no me refiero a amistades mejores o
peores, sino a la rapidez con que aparecen los sentimientos, la ayuda sin
esperar nada a cambio, un hombro en el que llorar o un oído que te escucha. Sin
duda, lo mejor que nos llevamos de ésta experiencia, son los amigos.

